OPINION
26/11/2020
A Maradona le robaron la última voluntad
Por Hernán Sánchez.
“Tengo miedo que la gente me deje de querer”. Esa equivocada presunción castigó la psiquis de Diego Armando Maradona en sus últimos tiempos. La gente jamás iba a dejar de quererlo, y la demostración final sería cuando no lo pudiera disfrutar, cuando estuviera como ahora: muerto. La incapacidad de muchos, la mezquindad de algunos, la inoperancia de otros, la desidia general, provocaron el hecho más triste de la terriblemente triste noticia del fallecimientoe del último gran ídolo. 

Una sola cosa merecía Maradona cuando partiera hacia otras esferas y esfumara su terrenal cuerpo a la memoria de la inmortalidad: que su pueblo, su gente, Fiorito, la Boca, la villa y el barrio privado, Nápoles, y el “quizá ceno hoy y mañana no sé” pero dejo la changa para ver un féretro caro en cuyo interior va un pedazo de cada una de esas almas, tuvieran el enorme y bien merecido derecho de despedirlo.

Le quitaron a Maradona el único motivo que lo empujaba a vivir desde hace ya varios años: el cariño de la gente, y le quitaron el acto final de grandeza por el cual también iba a pasar a los libros de historia. La última página  de su leyenda se debía escribir con este título: “Fue el funeral más grande del que tenga registro el país”.  La acaban de dejar en blanco, entre mezquindades y un Estado que desde hace muchos años es incapaz de controlar y sobrellevar actos multitudinarios.

Después vendrían las discusiones de café, donde alguno diría “¿te acordás del velorio del Diego?, jamás se vio tanta gente junta”. “Sí, pero el funeral más concurrido fue el de Evita”, diría otro. “No dejen afuera al General y a Néstor”, aportaría un tercero. “Alfonsín tuvo lo suyo, no quizá con tanta dimensión, pero tuvo lo suyo eh”, remataría otro como para no dejar las conclusiones sólo en el Diez y en el peronismo. Tertulias que no hacen más que agigantar los mitos. Folclore. Floclore del bueno, del que nos gusta.

Sin embargo, al hombre del pueblo le sacaron al pueblo en la hora más triste. Los que lloraron por él de alegría, los que se angustiaron en sus tropiezos, los que se tatuaron su cara, su nombre, el 10, los que le rezaron, tenían ya no el derecho, sino la obligación de contar con la posibilidad, aunque sea, de pasar frente a ese cofre tapado donde se guarda el único tesoro que les adornó el alma.

A Maradona le robaron su última voluntad. Al hombre que nunca podía estar solo pero que la fama condenó a la soledad, le quitaron el acompañamiento que él más quería, el de los anónimos que al grito de “¡Diegoooo, Diegooo, olé olé olá!”, con lágrimas y ofrendas compradas quizá con el último billete, le iban a demostrar su devoción y cariño. 

La policía no tenía que estar ahí, era sólo unas horas más de apurado desfile frente al cajón. Fue orden y respeto hasta que aparecieron los que no estaban invitados a la cita. Hasta allí, Maradona y su pueblo manejaban la situación. Pero, como todos sabían, si algo podía salir mal iba a salir mal. Al desenlace desastroso lo empujaron con el condicionamiento horario, lo remataron con los uniformados pegando, y lo estropearon todo  jugando a la política de saldo sobre el cadáver del ídolo. 

Se tiran culpas por encima de una grieta cada vez más profunda y absurda olvidándose del momento. Al costado, llorando, está ese pueblo que acaba de perder al último ídolo. Ese pueblo que jamás los idolatrará como a él. Ese pueblo que se desviven por conquistar pero que nunca tendrán tan a sus pies. Ese pueblo que sólo les pide respeto y que dejen la politiquería para otro día. Ni a esa altura se pudieron poner en una circunstancia así, ni de uno ni del otro lado. 

Todos demostraron tener menos luces que un candíl para organizar un funeral, entonces hago propias palabras que acaba de tirar un amigo en un grupo de WhatsApp: “¿En serio este Gobierno va a armar un operativo para vacunar a 45 millones de personas y no pudo armar un velorio?”.

Si ni siquiera pudieron garantizar que se cumpa la voluntad del último tipo que sembró alegrías. Y no era demasiado, sólo que su gente pasara a ver ese féretro cubierto por una bandera que, a él le quedó a medida, pero a ustedes, políticos argentinos, les queda muy grande todavía.