27 de octubre de 2011
RODOLFO LAFFITTE
La TV, los teléfonos y Neuquén
El secretario de Estado fue quien llevó las emisiones al interior, y el que descubrió el porqué de las facturaciones “truchas” a quienes llamaban a los programas de TV
La casa de la calle Carlos H. Rodríguez es acogedora por donde se la mire. Cada cosa está en su lugar, y hasta las mascotas se han acostumbrado a cuidar la armonía. Hay un gato que alguien les dejó de regalo hace ya algunos años, y un rottweiler que seguirá allá atrás, en el quincho, por si acaso no le agradan las entrevistas.
También hay un par de computadoras a medio armar, y obras que le dan vida a los ambientes. “La gran mayoría las pintó mi esposa”, dice orgulloso el dueño de casa, ingeniero Rodolfo Laffitte.
Lucía, la artista, acerca el mate y Rodolfo se embarca en una charla que recorrerá varios de los pasajes de su vida, incluidos aquellos interminables periplos entre Buenos Aires y Zapala.
“El tren tardaba un día y medio. ¡Casi una odisea! Pero también era un picnic. Mamá preparaba pollo, huevos duros… Y mi padre envolvía las bebidas en arpillera, para atarlas entre las dos ventanas del camarote y mantenerlas frías”. El hecho es que la infancia de quien hoy es secretario de Estado de Gestión Pública, transcurrió entre ambas ciudades.
Su padre había sido trasladado al Correo de La Boca, y en los meses del verano la familia volvía a Neuquén. Rodolfo cursó todos sus estudios allá y hasta soñó con estampar su nombre en la historia xeneize. “Mi papá me cargaba en sus hombros y yo miraba el partido desde ahí arriba. Me gustaba el fútbol. Me acuerdo de que una vez fuimos con un amigo a la Bombonera, encaramos al que estaba en la puerta y le dijimos: ‘Nos queremos probar’. Entonces nos preguntó: ‘¿Conocen a alguien?’ (la respuesta fue ‘no’, y la consecuencia una crueldad). ‘Si no tiene un padrino, no’” y así despertó de su sueño.
Siempre fue amable y gentil, pero bastante áspero cuando jugaba de cuatro. Tanto que se abrazaba la vieja consigna de los marcadores de raza: “Pasaba la pelota o el jugador, pero los dos juntos jamás…”.
También fue uno de los diez mejores promedios del Industrial (“me formé en electrotécnica”) y eso le permitió acceder a una beca en Siemens. Ya de chico le apasionaba todo aquello, al punto que armaba las luces y equipos que animaban los bailes en la zona sur de la Capital Federal. Allá se recibió de ingeniero (es egresado de la UTN) y conoció a su esposa, con la que un día puso proa hacia Neuquén.
Aquí su padre fue el secretario general de Gobierno de su tío, Felipe Sapag. Y él llevó la televisión al interior neuquino. “El proyecto lo había iniciado un ingeniero que se fue de licencia a Buenos Aires y no regresó. Así que lo reformulé y se puso en práctica”.
Eran tiempos complejos, comenzaban los años ‘80 y, ante la ausencia de señales, la provincia avanzaba con su plan integral de telecomunicaciones. Después volvió Felipe y Rodolfo fue nombrado director provincial del área.
“Al llevarle la televisión, la gente empezó a vestirse y a hablar distinto. Todo venía enlatado de Buenos Aires, y aquí no se producía prácticamente nada. Un día apareció un programa que se llamaba Interior neuquino y en su segundo envío viajó a Andacollo, donde les hizo una nota a un par de chicos. En eso estaban cuando llegó la pregunta: ‘¿En qué les cambió la vida la televisión?’. Y uno de ellos respondió: ‘La gente ya no va los fines de semana al río…’. Entonces me dije: ‘¡Qué miércoles les hicimos!’”.
El tiempo puso las cosas en su lugar, y Rodolfo presidió una comisión que alumbró normas de teledifusión (que aún siguen siendo objeto de estudio en centros universitarios). “El Confer no dejó que se aplicaran, pero generaron un fenómeno de discusión nacional sobre la radiodifusión y las emisoras comunitarias”, subrayó. Hija de todo aquello es la Radio y Televisión del Neuquén (RTN), de la que fue el primer director ejecutivo. “Para nosotros la prioridad fue la producción local”, resumió.
Hombre de las comunicaciones, Rodolfo protagonizó un hallazgo del que muchos no tienen registro y que bien vale la pena repasar, entre otras cosas porque fue en el contexto de una polémica nacional.
Los usuarios se quejaban por las llamadas que no habían logrado realizar a los programas de TV y que sin embargo les querían cobrar. Eran los años de la diva de los teléfonos -la Su, claro- y él se propuso arrojar luz sobre el misterio. Investigando pacientemente descubrió que, en virtud de las saturaciones, alcanzaba con que alguien discara para que las centrales contabilizaran la llamada. “No había truchadas, sino un desperfecto técnico”, dijo mientras concluía la ronda del mate y enfilaba hacia el atelier para mostrar las obras de su esposa.
La nota completa en el Revista La Tecla Patagonia número 63