24 de marzo de 2011
EL PATRIARCA DE NEUQUÉN
Un año sin Felipe Sapag
Doña Chela, su compañera de toda la vida, sigue ligada al MPN. Mientras que su hijo, Luis, lo recuerda como “un gran padre de familia”
Cuando a eso de la 1.30 de la madrugada tuvo la certeza de que ganarían, Luis volvió a marcar el número al que tantas veces había llamado y, del otro lado, lo atendió Felipe. Exultante, lo puso al tanto de lo que venían diciendo las urnas, y éste le respondió con un escueto “bueno”. Luego lo saludó con el afecto de siempre y se fue a dormir sin aguardar la confirmación del resultado. Cinco horas más tarde, Luis entró corriendo a la casa y “el viejo” seguía entregado al sueño, con la tranquilidad de que sólo él era capaz de alcanzar en un momento como ese.
Promediaban los años ‘90. Felipe Sapag acababa de derrotar a Jorge Sobisch en una de las internas más fervientes de las que se tenga memoria, y se encaminaba rumbo al que sería su quinto gobierno. Pero, aún así, se abrazaba a la calma y lograba mantenerse a salvo del estrés colectivo.
Logró lo que no cualquiera logra: una armoniosa comunión entre el estadista y el hombre de a pie, que le permitió dedicarse a los suyos mientras organizaba la provincia. “Fue un gran padre de familia, siempre se las arregló para almorzar con nosotros y para volver a casa a la hora de la cena”, recordó su hijo mayor, Luis Felipe Sapag (63), en diálogo con La Tecla Patagonia.
Claro que en eso también tuvo que ver Doña Chela, quien fue mucho más que su compañera de toda la vida. Fue un punto de apoyo, una “compinche” incondicional, comentó Luis.
Compartieron absolutamente todo. Esfuerzos y conquistas. Triunfos y derrotas. Alegrías y penas. También la pasión política y el desvelo por todo aquello que tenía que ver con la provincia en general, y el Movimiento Popular Neuquino (MPN) en particular.
Doña Chela hoy
Tan profundo fue todo aquello que a los 89 años Estela Romero -o Doña Chela- no sólo sigue concurriendo a las urnas, sino que continúa ligada al partido como lo demostró en febrero último, cuando cantó “presente” en el cierre de campaña de la lista Azul.
Ahí estuvo, caminando entre la dirigencia ayudada con su bastón.
“La vieja lo acompañó en todo momento”, dijo emocionado su hijo Luis y destacó que “jamás” los escuchó pelearse. Una de las últimas apariciones públicas de Doña Chela fue hace poco más de una semana, cuando se recordó a Felipe con una misa en la Catedral.
El homenaje fue por el primer aniversario de su partida y de él participaron dirigentes de otras fuerzas, entre los que se encontraban el radical Néstor Burgos (presidente del Concejo Deliberante neuquino).Aunque en lo que va del año tuvo una exposición pública a la que podría calificarse de importante (se la vio charlando animadamente con la vicegobernadora neuquina, Ana Pechen, el domingo de la interna), lo cierto es que Doña Chela ya no sale como antes de su chalet ubicado en la calle Belgrano de la ciudad capital.
Ahí recibe la visita de un grupo de amigas con las que juega a la canasta y al burako, actividades que la apasionan casi tanto como la lectura y los crucigramas. Luis es el que la toma del brazo, la separa por algunas horas de Lidia y Mauricia -las mujeres que la asisten- y la acompaña en esas salidas.
Pero también tiene a Silvia (62), la hija que vive en Buenos Aires y que suele viajar a la Patagonia para compartir las reuniones familiares.“Lo recordamos con alegría, como corresponde a un hombre exitoso y apasionado”, dice Luis y agrega que “aunque muchos lo recuerdan como a un caudillo, el viejo fue más que eso. Fue un patriarca. El gestor de la Neuquén moderna, el padre de su identidad política, el que abrió caminos, construyó escuelas e hizo de esta provincia lo que actualmente es”.
Levantó las banderas del peronismo cuando éste estaba proscripto, fundó un partido con identidad propia y enfrentó a su destino con la entereza de siempre. Aquejado por una cruel enfermedad, y consciente de que su cuadro era irreversible, Felipe reunió a los suyos y les dijo que no quería terminar sus días en un sanatorio.
Es más, los ayudó a asimilar la dolorosa realidad y les pidió que lo velaran en su casa, junto a las fotos de sus hijos Caito (Ricardo) y Enrique, quienes habían sido asesinados por la última dictadura militar que sufrió nuestro país.
Así, rodeado por sus afectos y en medio de conmovedoras muestras de dolor, se fue uno de los más grandes referentes que haya tenido el federalismo argentino, y dejó como legado una transformación que -al decir de Luis- “todavía está en marcha”.
Nota completa en la revista La Tecla Patagonia Nº 33