Yayoi Kusama, una de las figuras más influyentes del arte de vanguardia, murió a los 97 años. El anuncio se conoció este jueves, casi dos semanas después de su deceso. Según medios internacionales, la causa fue una insuficiencia multiorgánica.
El comunicado institucional no siempre precisó el diagnóstico y subrayó que siguió pintando hasta sus últimos días.
Nacida el 22 de marzo de 1929 en Matsumoto, Japón, Kusama empezó a dibujar en la infancia y convirtió alucinaciones y obsesiones en un lenguaje propio: redes infinitas, puntos que se multiplican y objetos cotidianos cubiertos de formas repetidas.
En los años 50 y 60 se instaló en Nueva York, donde irrumpió con pinturas monumentales, performances y esculturas que anticiparon el pop, el minimalismo y el arte de acción.
En 1977 se internó de forma voluntaria en un hospital psiquiátrico de Tokio, desde donde siguió trabajando. Esa convivencia entre creación y tratamiento marcado por la salud mental se volvió parte de su biografía pública. En las últimas décadas alcanzó una fama masiva con las Infinity Mirror Rooms, instalaciones espejadas que convocaron filas en museos de todo el mundo, y con esculturas de calabazas cubiertas de lunares.
Sus obras llegaron a venderse por millones de dólares y su figura, peluca roja, vestidos de puntos, mirada fija, se transformó en un emblema cultural.
El museo y la fundación que llevan su nombre dijeron que continuarán su voluntad: usar el arte para llevar esperanza y fuerza. Kusama, decían, nunca abandonó el pincel y sostuvo hasta el final la idea de que el amor podía salvar al mundo.