BUENOS AIRES
04/09
Terapias intensivas en primera persona: el colapso desde la trinchera
Los médicos de las terapias intensivas cuentan los que les toca vivir en este momento de la pandemia. Se sienten cansados, con bronca. Advierten que al tiempo que aumenta la circulación de personas se incrementa la cantidad de contagios y de pacientes. Y destacan que ese agotamiento mental que sufren los puede llevar a cometer graves errores

Vía La Tecla 

Lejos, muy lejos, quedaron los aplausos de las 21 horas en homenaje a los médicos. Como señala el mismísimo presidente de la Nación, ya no hay cuarentena, y la circulación en las grandes ciudades (y en las no tan grandes también) es casi normal. Y a más circulación, más contagios. Y a más contagios, más pacientes internados en terapia intensiva, sitios estos en los que los profesionales de la medicina, esos mismos que ya no son aplaudidos y por consecuencia tampoco homenajeados, no dan más, no aguantan más. Están cansados. Hartos. Enojados. 

“Yo les pondría el trajecito durante toda la sesión a los legisladores que estuvieron en el Congreso que quieren presencial a ver qué opinan. Que se pongan el traje de protección personal para cuidarse porque no puede haber tanta gente en un lugar cerrado, pero que se pongan todos el trajecito que usan los médicos terapistas y se aguanten una sesión de 8 a 10 horas con eso. Con el barbijo, con la máscara, con el overol. Que estén todo el día sin tomar agua a ver si lo bancan”.

La frase pertenece al ministro de Salud provincial, Daniel Gollán, que se apoyó en el cansancio, en el hartazgo y en el enojo de los terapistas (o intensivistas) para pegarle no sólo a los diputados nacionales de Juntos por el Cambio que reclaman por las sesiones presenciales, sino también a todos y cada uno de los bonaerenses (y argentinos) que piden por más “libertad” y que entre otras cosas no respetan las normas ni de distanciamiento e higiene por considerar que el coronavirus es simplemente una gripecita o gripeciña. 

“Los intensivistas, además de extremadamente cansados, también estamos un tanto enojados. Nos parece un poco desconsiderado el hecho de que la gente se reúna, salga y no respete mínimamente las normas. Hace un par de semanas, por ejemplo, estaba todo el mundo hablando de las vacaciones, de lo qué iba a pasar en enero. Y lo cierto es que para enero falta una eternidad. Uno siente que la población está en otra cosa”, señala la Jefa de la Terapia Intensiva del Hospital San Martín de La Plata, Elisa Estenssoro. 

Agrega que “cuando uno salea la calle y ve gente sin barbijo y amontonada, y se entera de que hay grandes reuniones y fiestas, se siente una sensación de estar viviendo en dos mundos paralelos. Por un lado, el nuestro, el de la terapia intensiva, donde todo es trabajo, estar encima de los pacientes, muchos complicados, con situaciones estresantes para los familiares que no los pueden ver; y por el otro la gente que no respeta las normas, que intenta volver presurosamente a la normalidad. Eso genera enojo y una sensación de incomprensión”, remata la profesional. 



Los recursos no dan abasto. Y no los técnicos ni tecnológicos, que fueron duplicados y hasta triplicados (por caso, en la Provincia, según informó el gobernador Axel Kicillof, hubo un aumento del 240 por ciento de las camas de terapia intensiva). El principal problema está en los recursos humanos. Sucede en el Conurbano, en la Ciudad de Buenos Aires y en la mayoría de los distritos en los que el Covid avanza sin pausa: faltan médicos de terapia intensiva.  

"Yo puedo tener mil camas de cuidados intensivos, pero si no tengo el personal adecuado, entrenado, en cantidad y calidad, no voy a poder atender las mil camas. Gracias a Dios no nos faltan camas, nos falta recurso humano, es el punto crítico en este momento, es lo que nos asusta a nosotros",  afirmó Ralph Vargas Martínez, Jefe de Sala de Servicio de Terapia Intensiva del HIGA, Doctor Oscar Alende, de Mar del Plata, que vale decir atraviesa el momento más complicado desde el inicio de la pandemia.

"No sabemos cuánto aguanta el sistema  Por eso queremos parar un poco, pedirle a los marplatenses que nos ayuden para poder seguir brindándole la calidad de atención que se merece. Al tener pluriempleo, no es problema de una institución, es en varias. Hace que se resienta más el sistema, que se sobrecargue a la gente que todavía no se infectó, y es una cadena que no se puede romper. Nosotros antes de médicos somos personas. Estamos angustiados, estresados, tenemos a nuestras familias sufriendo con nosotros”, sumó el médico. 

Ese miedo y ese sufrimiento de Vargas Martínez se vieron claramente reflejado en la carta de la Sociedad Argentina de Terapia Intensiva, tan dura como real. “Sentimos que no podemos más, que nos vamos quedando solos, que nos están dejando solos; encerrados en la Unidades de Terapias Intensivas con nuestros equipos de protección personal y con nuestros pacientes, sólo alentándonos entre nosotros. Observamos en las calles cada vez más gente que quiere disfrutar, que reclama sus derechos, la gente que se siente bien por ahora”, se indica en la misiva. 

“Terminamos una guardia en una Unidad de Terapia Intensiva y salimos apresuradamente para otro trabajo. Necesitamos trabajar en más de un lugar para llegar a fin de mes. Por horas y horas de trabajo estresante, agotador, pese a ser profesionales altamente calificados y entrenados, ganamos sueldos increíblemente bajos, que dejan estupefactos a quienes escuchan cual es nuestro salario. También nos entrenamos para lidiar con la muerte todos los días y le ganamos muchas veces. Aprendimos a ser resilientes”, se añade en otro tramo. 



Acá, allá y también un poco más allá. La situación es compleja a lo largo y ancho del país. En Mendoza, por ejemplo. “Algunos de nosotros hemos tenido que irnos de casa, ante el peligro de poder contagiar a nuestras familias. Hay un elemento común de angustia, porque no vemos un horizonte en todo esto y el nivel de carga es muy grande. Estamos trabajando más de 80 horas semanales”, cuenta Fernando Kurban, presidente de la Asociación Mendocina de Terapia Intensiva Cuidados Críticos (AMTI). 

Y va todavía un poco más allá. Deja en claro que el malestar de los médicos, enfermeros y demás integrantes de las terapias intensivas también puede repercutir en el nivel de letalidad, que vale señalar, es por ahora de los más bajos del mundo.  “He llegado a pasar tres días y medio en guardias de 24 horas. Todo el personal sanitario se encuentra en la misma situación, lo que produce un gran agotamiento. Eso aumenta la posibilidad del número de errores y, por ende, incrementa la mortalidad del paciente”, exclamó el profesional de la tierra del buen vino. 

En el mismo sentido se expresó Arnaldo Dubin, Jefe de Terapia Intensiva del Sanatorio Otamendi (CABA). "Estamos agotados físicamente, exhaustos en lo psicológico. Cometemos errores, nos enfermamos. Hay compañeros que fallecieron. El resultado, entonces, no es el mismo. Hay índices que nos preocupan. La letalidad, que es el número de fallecidos dividido por la cantidad de contagios, está aumentando”, afirmó el también miembro de la SATI.

Pasan las horas, los días, los meses, y la situación lejos de mejorar, empeora. ¿Qué será de los terapistas en el futuro? ¿Será este un antes y un después? Por qué no. Podría ser. Lo que es seguro es que el ahora es paupérrimo, triste, tanto que lleva a los ya no aplaudidos ni homenajeados profesionales repensar el mañana, en algunos casos a arrepentirse del camino elegido. 

“La del terapista es una especialidad muy ingrata en términos de estrés y del desgaste que genera. Y está mal paga, por lo que el médico llega a los 60 años y debe seguir haciendo guardias para vivir. Si el Estado no toma cartas en el asunto para cambiar estar realidad, en algunos años no va a haber gente que haga terapia intensiva”, alertó sin vueltas Jorge Montiel, neumonólogo, terapista del Hospital Centenario de Gualeguaychú, Entre Ríos.




Luis Tako Zea, Jefe de la Terapia Intensiva del Hospital Interzonal de Ezeiza "Dr. Alberto Antranik Eurnekian"

“El cansancio mental nos puede llevar a cometer errores”


-¿Cómo están viviendo esta situación de la pandemia ahí en Ezeiza?

-Es difícil decidir por dónde empezar a contar. Ya vamos para seis meses. Es muy complicado todo. Siempre nuestra esperanza estuvo en que esto podía menguar aunque sea un  poco, darnos un respiro. Pero sucede todo lo contrario. Estamos viendo que las cosas siguen igual, y lamentablemente, en mayor o menor medida, este virus vino para quedarse. El problema está en que nosotros también somos humanos, y nos cansamos, nos hartamos; y además de eso tenemos familia, a la que le estamos mezquinando tiempo precioso, justamente para seguir atendiendo a una interminable cantidad de pacientes que siguen viniendo todo el tiempo.

-Además de lo físico, también deben estar afectados psicológicamente

-Por supuesto que sí. Al igual que yo, muchos de mis colegas, después de la guardia de 24 horas tenemos que cubrir un turno en otra parte. En mi caso particular, como jefe de una terapia intensiva, el hecho de venir a diario al hospital ciertamente genera un cansancio no solamente físico, sino también mental. Es complejo abordar 8, 9 o 10 pacientes con 8, 9 o 10 familias que están esperanzadas en nosotros, a la espera de esa buena noticia que desean recibir. Además sabemos que ese cansancio mental es nuestro peor enemigo, porque nos puede llevar a cometer errores. Y sabemos lo que eso puede significar.

-¿Qué le pasa cuando ve que hay cada vez más gente en la calle, cuando se realizan fiestas clandestinas?

-Una reunión social, un cumpleaños se puede superar, se puede hacer en otro momento. Pero la vida es una sola, no vuelve. Puedo hasta cierto punto comprender a los comerciantes y empresarios; pero le aseguro que pueden ser terribles las implicancias que podrían acarrear las aperturas de más. Esto que sucede ahora es poco en comparación. Ni siquiera podemos avizorar cuando termina todo esto. Estamos supliendo compañeros infectados o aislados a los que tenemos que reemplazar en jornadas dobles o triples. Pero todo tiene un tope. Somos humanos. Repito, estanos agotados física y mentalmente. 

-¿Cómo es la actualidad del hospital en particular?

-Estamos siendo superados por la situación. Además de los médicos, también por contagios o aislamientos están faltando enfermeros, kinesiólogos, etc, que repercute directamente en la calidad de atención del paciente. Tenemos las habitaciones, los elementos; pero de qué sirve si el recurso humano que hace que los aparatos funcionen es insuficiente. Y esos aparatos justamente son los que hacen que se recupere un paciente. 



Fernando Kurban, presidente de la AMTICC
“Los médicos también extrañamos la vida de antes”


“Estamos en una situación límite, en muchos lugares se está al borde del colapso y obviamente es lo que no queremos, nadie lo quiere. Al igual que el resto de las personas, nosotros, los médicos, también extrañamos la vida que llevábamos hasta principios de marzo. Quién no la extraña”, comenta el presidente de la Asociación Mendocina de Terapia Intensiva Cuidados Críticos, Fernando Kurban. Y agrega: “Pero lamentablemente no podemos tener todo. Hay que establecer prioridades, hay que elegir. ¿Cuáles son las prioridades en estos momentos tan críticos? No solamente tuvimos la ventaja de ver qué pasó con la pandemia en Europa, sino que ahora también corremos con la ventaja de ver lo que sucede cuando la gente se confía, se relaja; y pasa lo que está pasando en el verano del hemos ferio norte, en España por ejemplo".

Tristeza y dolor
La carta completa Sociedad Argentina de Terapia Intensiva


A la sociedad argentina: Los médicos, enfermeros, kinesiólogos y otros miembros de la comunidad de la terapia intensiva sentimos que estamos perdiendo la batalla. Sentimos que los recursos para salvar a los pacientes con coronavirus se están agotando. La mayoría de las Unidades de Terapia Intensiva del país se encuentran con un altísimo nivel de ocupación. Los recursos físicos y tecnológicos como las camas con respiradores y monitores son cada vez más escasos. La cuestión principal, sin embargo, es la escasez de los trabajadores de la terapia intensiva, que a diferencia de las camas y los respiradores, no pueden multiplicarse. Los intensivistas, que ya éramos pocos antes de la pandemia, hoy nos encontramos al límite de nuestras fuerzas, raleados por la enfermedad, exhaustos por el tarbajo continuo e intenso, atendiendo cada vez más pacientes. Estas cuestiones deterioran la calidad de atención que habitualmente brindamos. Enfundados en los equipos de protección personal, apenas podemos respirar, hablar, comunicarnos entre nosotros. También tenemos que lamentar bajas, personal infectado y lamentablemente, fallecidos, colegas y amigos caídos que nos duelen, que nos desgarran tan profundamente.

Terminamos una guardia en una Unidad de Terapia Intensiva y salimos apresuradamente para otro trabajo. Necesitamos trabajar en más de un lugar para llegar a fin de mes. Por horas y horas de trabajo estresante, agotador, pese a ser profesionales altamente calificados y entrenados, ganamos sueldos increíblemente bajos, que dejan estupefactos a quienes escuchan cual es nuestro salario. También nos entrenamos para lidiar con la muerte todos los días y le ganamos muchas veces. Aprendimos a ser resilientes.

Pero ahora sentimos que no podemos más, que nos vamos quedando solos, que nos están dejando solos; encerrados en la Unidades de Terapias Intensivas con nuestros equipos de protección personal y con nuestros pacientes, sólo alentándonos entre nosotros. Observamos en las calles cada vez más gente que quiere disfrutar, que reclama sus derechos, la gente que se siente bien por ahora. ¿Qué pasará con ellos y sus familiares mañana? ¡Ojalá que no se transformen en uno de nuestros pacientes que, con fuerzas, trataremos de arrebatarle a la muerte! Porque nadie sabe cuándo el virus los infectará.

Sólo le pedimos a la sociedad que reflexione, y que cumpla con tres simples pero importantes medidas, recomendadas científicamente: distanciamiento social (permanecer a más de 1,5 metros), uso de tapabocas (cubriendo nariz y boca), lavado frecuente de manos (con agua y jabón o alcohol gel), no aglomerarse, no hacer fiestas, ¡No desafiar al virus, porque el virus nos está ganando! Les suplicamos no salir si no es necesario. El personal sanitario está colapsado, los intensivistas están colapsado, el sistema de salud está al borde del colapso. Nosotros queremos ganarle al virus. Necesitamos que la sociedad toda nos ayude porque no podemos solos. ¡Por favor, ayudanos, quedate en tu casa!



Jefa de la UTI del Policlínico San Martín, La Plata
Elisa Estenssoro x 3


“Es cierto que la cuarentena ha sido larga, pero ha ofrecido la posibilidad de que todo el mundo tenga un lugar para atenderse. Esta cuarentena tuvo un sentido, que por ahí para el resto de la población no es muy asequible. Si todos pueden ser atendidos de acuerdo a su necesidad o gravedad, es por algo, aunque mucha gente lo naturalice, hay un grandísimo esfuerzo atrás de todo eso”.

“Los cuidados en la atención de terapia intensiva implican un sobreesfuerzo importante. Cuando hay que mover a un paciente o realizar un procedimiento se necesitan dos o tres médicos o dos o tres profesionales de enfermería porque, por caso, se requieren cuatro personas para realizar el delicadísimo proceso de dar vuelta a un paciente que está con asistencia respiratoria mecánica”.

“La mejor manera de cuidar al personal de salud sería que la sociedad cumpliera con las normas de prevención que han sido tan ampliamente difundidas, como el uso correcto del barbijo, porque hay gente que se lo pone y deja la nariz afuera; mantener la distancia social; usar alcohol en gel; no estar en grupo y no efectuar aglomeraciones”.



Arnaldo Dubin, integrante de la Sociedad Argentina de Terapia Intensiva
“El colapso se va a dar por la ausencia de personal sanitario”


“Estanos en un momento crítico de la evolución de la pandemia. Durante un tiempo prolongado la política sanitaria fue exitosa, la cuarentena permitió que la enfermedad avanzara lentamente, dio tiempo para fortalecer el sistema sanitario. Los pacientes se fueron enfermando de a poco, de modo que los pudimos atender adecuadamente. El éxito resultó en un índice de letalidad sorprendentemente bajo, siete veces más bajo que el del Reino Unido, que tiene uno de los sistemas de salud más avanzados del mundo”, expresa  Arnaldo Dubin, Jefe de la Terapia Intensiva del porteño Sanatorio Otamendi.

“Sin dudas, la cuarentena fue una política sanitaria notable, pero ahora lamentablemente estamos entrando en un punto de inflexión en la evolución de la pandemia. Las conductas sociales están disipadas. Ha habido no solamente caracterizaciones edulcoradas de la realidad sino también consiguientes flexibilizaciones que, a mí me parece, son muy peligrosas. Y el correlato de todo esto es que la terapia intensiva, el sitio donde va a explotar el sistema, está al borde del colapso o ya ha colapsado en algunos lugares, con escenas lamentables que remedan lo que pasó en países de Europa y Sudamérica”, añade el integrante de la Sociedad Argentina de Terapia Intensiva. 

“A mí no me gustaría que eso se generalice en el país, pero el escenario de la saturación de la terapia intensiva es posible tanto en la Ciudad como en el Conurbano y otros lugares del país. Y esto no depende delas camas, no pasa por ningún recurso técnico ni tecnológico. La situación de San Salvador de Jujuy lo ejemplifica claramente. Como el mismo Gerardo Morales reconoce, el colapso ocurre aun habiendo respiradores, camas libres; el colapso se da por la ausencia de personal sanitario y es a partir de ahí de donde va a devenir el colapso en todos lados, la falta de intensivistas: enfermeros, kinesiólogos y médicos intensivistas”, completó Dubin.